Es más de medianoche. Salgo al oscuro balcón únicamente iluminado por la pálida luz de la luna. Es noche cerrada, y no se ven estrellas. Sin quererlo, una lágrima viola mi intimidad y se suicida por mi mejilla. No estás. No estarás.
Eres como el humo del cigarro que sujetan mis dedos. Te desvaneces de repente. Sé que esta sensación de tortura inminente e incontrolablemente infinita residirá en mí. Porque nadie la ha llamado, y ha venido para quedarse. Solo tú puedes eliminarla, como en una Solución Final. Pero no estás. No estarás.
La calle está desierta. La luz de una farola titila, inquietante. Un gato cruza la calle como en un suspiro. En un solo momento. Y viendo ese maldito gato cruzar, en ese eterno segundo, te echo de menos. Porque no estás. Ni estarás.
Y en ese segundo infinito, ese segundo, tu sonrisa aparece en mi cabeza como un disparo a quemarropa contra mi boca. Y mi cuerpo se desploma. Porque no estás. Ni estarás.
Es verano y hace calor, pero me invade un frío familiarmente doloroso. Automático, seduciendo a mi alma para hacerla hielo y, después, romperla con un gran mazo para hacerla añicos.
Reaparecen tus recuerdos, inquisidores torturadores de esta pobre y moribunda alma. Porque no estás. Ni estarás.
Tu ausencia se palpa, tu presencia se muere, explotando mis neuronas. Me vuelvo a la cama, esperando que la noche no muera en mis brazos, que el sol no vuelva a hacer de las suyas. Que sea una noche eterna, punzosamente lúgubre. Porque no estás. No estarás.
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