Mi eterna princesa. Eterno amor a través de un juramento de sangre. Lo juraste. Y ya no yaces conmigo.
La dulce inocencia de tu rostro, la picardía en tus ojos, la cautivadora sensualidad de tus labios, ya no están. Palpitas de un lado a otro, incesante.
No te veré esta noche, ni ninguna otra más. Decidiste pasar el resto de tus días con la luna. Y me lo juraste.
Promesas rotas circulan en mi sangre; dolor como nuevo pasatiempo. Tú, mi eterna princesa, que todo me lo diste, ¿por qué decidiste abrir tus alas y volar tan alto que al estrellarte te perdí para siempre?
Tú, mi eterna princesa, desapareciste. Celos de la luna, que acaricia tu pelo y saborea tu piel cada noche. Y yo pudriéndome lentamente, viviendo esta fría vida sin ti.
El fulgor, el calor, se fueron contigo, en la profundidad de tu sangre. Pero por favor, no me olvides. Yo no lo haré. La dulce melodía de tu risa aún resuena en mi cabeza, y ahí se quedará.
Tú, mi eterna princesa, pálida muñeca de porcelana, con tu mirada vacía observando el infinito, sintiéndote cada vez más fría. Interminable belleza en el filo de la bañera, observando tu sangre mezclarse con el dulce cristal, brotando los dos con armonía, hasta que uno de ellos se acabe.
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