Avanzo a través de la sala, buscando tu incombustible mirada. Risas falsas, desengaños y amantes nada discretos ocupan su puesto en este salón. Alguien toca el piano. Mi búsqueda no cesa, pero no consigo encontrarte. La desesperación se va haciendo hueco y el ansia de verte y hundirme entre tus brazos es superior a cualquier cosa.
Gente enmascarada con sus distintos vestidos baila, y me analiza a mi paso, mostrándome sus afilados colmillos.
Sigo buscándote con desamparo, y al fin te encuentro. Te giras y te abalanzas como un león a su presa. Besos en el cuello, arañazos... Y entonces te encuentro más vivo que nunca, y deseo con todas mis fuerzas que no te vayas de mi lado.
Pero te vas. Y me invade de nuevo esa frustrante sensación de abandono. Cierro los ojos y no puedo evitar golpear la pared con una fuerza que sería capaz de derribarla, y llorar hasta que mi pecho no pueda dar más de sí. Y así, quedarme dormida, donde los sueños son solo sueños, y poder permanecer en un estado en el que no abriré los ojos y no me daré cuenta de la cruda realidad: que no estás, que te has ido, y no podré volver a probar el suave aroma de tu piel, ni el romántico calor de tus labios, ni sentir tu mirada taladrándome. Todo eso se se acabó, como un río que muere inevitablemente en su desembocadura.
Todo terminó, y yo sólo me puedo preguntarme lo que pasará conmigo en este camino hacia ninguna parte.
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