domingo, 4 de mayo de 2014

Silencio.

Silencio. Observo la lluvia caer desde la ventana, estudiando el recorrido que hacen las gotas al fusionarse y deslizarse, viéndolas morir al llegar al final de su camino. Me giro sobre mis talones, de pie junto a la ventana de esta callada habitación, tan solo con la banda sonora de la lluvia al chocar contra la ventana y el piar de Niko a mis espaldas.
Avanzo por la habitación a oscuras sin hacer ruido. Observo tu cuerpo descansar en el sofá, tu rostro tranquilo, sereno, tus labios entreabiertos, rosados, hipnotizantes. Me paso el pelo detrás de la oreja, escrutando tus hombros desnudos, notando cómo se dilatan mis pupilas en la oscuridad. Alzo tu cabeza para poder sentarme, y tus pestañas dejan entrever tu mirada. Tus ojos, a juego con la oscuridad de la habitación, brillan incombustibles, creando un juego de indescriptibles sensaciones en mi interior. Mi corazón se acelera durante ese eterno segundo, temiendo que pudiera romper la armonía del momento. En ese instante, me hago prisionera de tus ojos, como la canción de los Judas Priest. Te alzas, me siento a tu lado y me rodeas la cintura con tus brazos, apoyando la cabeza en mi pecho. Sin decir ni una palabra, te beso la coronilla, y recorro con la yema de mis dedos lentamente la piel de tus hombros, al ritmo de la lluvia en el exterior. Y en ese momento, Niko deja de piar, la incesante lluvia deja de caer; lo único que rompe el silencio de la habitación es nuestra respiración, calmada, dueña poco a poco de Morfeo, al que tú ya has sucumbido en el subir y bajar de mi pecho.

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