miércoles, 13 de noviembre de 2013

Miércoles.

Es una tarde hartiza, aburrida, como cualquiera de las demás. Es un día lúgubre y oscuro. Me acompaña mi soledad, mi incombustible compañera. Mis demonios permanecen conmigo, asentados en mi cabeza, metidos en mi cama.
En este día eterno, el Sol intenta asomarse pero las nubes no se lo permiten. Mis pensamientos no encuentran su lugar correspondiente, donde sentarse y respirar. El cielo se oscurece cada vez más, como si fuese a caerse de un momento a otro.
Observando el techo de mi habitación, donde mi imaginación me muestra la película de mis recuerdos, miles de colores y formas se esconden y juegan, mientras, de fondo, los Guns n' Roses llaman a la puerta del cielo.
El sol se asoma tímidamente, casi sin molestar, y esa oscuridad se disipa muy lentamente, y se lleva a mis sombras cogidas de la mano, despacio, sin hacer ruido. El vapor de los árboles asciende de nuevo a su procedencia, filtrando los rayos, mandándome un tierno mensaje en forma de sonrisa.
Mientras tanto, continúo observando el paisaje de mi ventana, el juego de luces y sombras que crea este día otoñal, marrón y gris, en este día de plata derretida entre las nubes.